Girasol a contraluz
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Equilibrio en una madre

Cuando menciono la palabra “equilibrio”, me refiero al que debemos aspirar en la vida en los diferentes aspectos, como la familia (que implica la maternidad si la mujer así lo decidió), la pareja, el trabajo, los amigos, los proyectos, el estudio, etc.

Para ser feliz la clave es estar en equilibrio en todos los aspectos, estar presente en cada uno de ellos.

Mientras que en el caso de una mujer que no tiene hijos este equilibrio se puede alcanzar más fácilmente, al menos en mi experiencia, cuando nace un hijo las cosas cambian (sé que es una obviedad), ya que el vínculo con ese nuevo ser es tan fuerte que es difícil enfocar energía o amor al resto de los aspectos.

Dejar a un bebe de tres meses en un maternal para ir a trabajar fue de los momentos más difíciles que viví en los últimos años. Hay una fuerza instintiva que te une a ese pichón que realmente no es fácil de vencer. Creo que cada madre decide en ese momento cómo manejar esa situación, pero déjenme decirles que hacer lo que cada una siente en ese instante las guiará por el camino correcto. Conozco madres que ese desapego no les costó mucho y conozco aquellas que prefirieron dejar de trabajar para atender a sus hijos día completo. Hace poco conversé con una madre de un pequeño de un año que había dejado su trabajo para cuidarlo. Si bien no se arrepentía de haberlo hecho y estaba llena de amor por su pequeño, se dejaba entrever que extrañaba el otro aspecto de su vida que implicaba la independencia económica y el trabajo per se. Por supuesto, ninguna decisión que se tome es definitiva, y estando vivos podemos acompañar los cambios con diferentes acciones, pero creo que mantener alimentados todos los aspectos de la vida llevará a acercarnos a la felicidad.

El mensaje que quiero transmitir es que hay que intentar llegar a ese equilibrio entre todos los aspectos de la vida para alcanzar la felicidad en el día a día.

Autora: Andrea Cabrera

Niña con cartel que dice "Fight like a Girl"
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Yo te protejo

No estamos a salvo
y aun así somos
una manada
de presas feroces
que caminan de la mano
para atravesar los portales
y los callejones
(los ómnibus y las calles,
la oficina y la escuela.
Es decir, la vida).

No estamos a salvo
y sin embargo,
si tocan a una
de las nuestras,
nos ponemos en marcha, en cadena
(como un dominó,
pero en reversa).

No estamos a salvo
ni hoy ni mañana
pero avanzamos demoliendo
murallas ancianas
para que las que vengan
después de nosotras
no nos necesiten
a sus espaldas.

No estamos a salvo
porque antes de que llegáramos
torcieron el planeta entero
hacia un solo lado
y nos pisaron demasiado
(no, no lo suficiente
como para rompernos).

No estamos a salvo
pero si camino a tu lado
(y tú del mío)
el miedo deja de teñir
nuestras banderas.

Y si mientras grito tú gritas
(y también ellas)
nuestra estampida se convierte
en huracán sin freno
y aunque no estemos a salvo
tú me proteges,
yo te protejo.

Fotografía: Noelia González
Texto: Noelia González

Mujer andando en bicicleta fuera de foco
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Fuera de foco

Al principio, pensó que se estaba quedando ciega. Después, decidió ser menos dramática, y atribuyó sus problemas de visión a la, miopía, presbicia, astigmatismo o, simplemente, al paso de los años. Estaba segura de que le había llegado el tan temido momento de empezar a usar gafas.

—Tiene la vista perfecta —dijo el oculista, un mulato alto de voz grave.

—¿Sí?

—Sí, pero… ahora que me fijo… ¡Qué raro! A ver, acérquese un poco… No, no. Yo a usted no la veo bien.

—¿No?

—No, para nada.

—¿Y cómo me ve, doctor? ¿Cansada, enferma, pálida, ojerosa, flaca, desnutrida?

—No, nada de eso. Y mucho menos flaca o desnutrida. Pero, de verdad, no la veo bien.

—Sí, sí, eso me quedó clarísimo. ¿Pero qué cree que tenga?

—No sé. No la veo bien.

—Sí. Eso ya me lo dijo, pero…

—¡Que no la veo bien! Que no la veo ni cansada, ni enferma, ni pálida, porque ni siquiera logro verla bien. La veo… fuera de foco.

—¿Fuera de foco?

—Sí, sí, es eso. Usted está fuera de foco.

—¿No será que veo fuera de foco porque… tendré miopía…? ¿No me querrá hacer otra prueba?

—No. No me quedan dudas. El que está fuera de foco no es el mundo, es usted.

—Doctor, por favor… ¿Me va a decir que ese es su diagnóstico?

—Y… parecería que sí.

 

Sabrina salió del consultorio hecha una furia. Como temía, la medicina había perdido la decencia para sucumbir a la absurdidad absoluta. Con lo que le había costado hacer un hueco en su apretada agenda para esa consulta, le vienen a decir que está «fuera de foco». Llamó a su secretaria de inmediato para que le consiguiera cita con un médico generalista. Con el teléfono aún en la mano, detuvo el primer taxi que pasó, le dio la dirección de su trabajo y le ordenó que se diera prisa. Detestaba su trabajo, pero si había algo que odiaba aún más era llegar tarde. La esperaba un día plagado de reuniones interminables con gente que no soportaba, para rematar con una clase de pilates. En realidad, tampoco le gustaba el pilates, pero Sabrina se vanagloriaba por ser de las personas que acaban todo lo que empiezan, y no abandonaría ahora que al fin había logrado mantener el equilibro sobre la maldita pelota.

Cuando al fin llegó a casa, su marido, Martín, miraba la televisión. Mientras cenaban, le contó como anécdota, incluso como chismorreo, la ridiculez que le había dicho el oculista.

—No sabía que hoy tenías cita con el oculista. ¿No estás viendo bien?

—Te acabo de explicar que el que no me ve bien a mí es el mundo. Es como si se hubiera vuelto miope y me estuviera mirando sin gafas.

—¿Lo qué?

—No sé. Mírame bien. Parece que estoy fuera de foco.

—A ver…

Martín se puso las gafas y observó a su esposa con detenimiento. Comprobó que los rasgos de Sabrina, en vez de haberse acentuado con los años, se habían desdibujado; y las arrugas que alguna vez tuvo se habían borrado. Su rostro estaba más liso que nunca.

—¿Sabes que es cierto que estás como poco nítida? ¿No será que todas las cremas que te pones antes de ir a dormir te están borrando la cara?

Sabrina ni siquiera se molestó en convalidar esa pregunta con una respuesta y se encerró en el baño. Mientras abría el primer pote de crema antiarrugas, se preguntó cuántos años llevaría su marido viéndola sin mirarla. Empezó a aplicar el contorno de ojos y, de repente, cayó en la cuenta de que ella misma llevaba mucho tiempo sin realmente observarse con atención. Se acercó al espejo despacio y, por primera vez en años, se miró a sí misma a los ojos. Estaban tan desdibujados que apenas distinguía el negro de sus pupilas del marrón oscuro del iris.

Durante las siguientes semanas, Sabrina consultó a otro oculista, a un generalista, a una psicóloga, a una astróloga, a una tarotista e incluso a un párroco, y ninguno pudo encontrar las causas profundas de semejante desajuste. No obstante, lo que a Sabrina más le preocupaba no era el origen biológico, psicológico o esotérico de su condición, sino sus consecuencias prácticas: cada mañana tardaba más en alistarse para ir al trabajo. Su reflejo se escabullía en el espejo y adivinarlo entre los azulejos del baño le robaba preciosos minutos. A veces, intentaba llamarlo con sobrenombres cariñosos, pero este, al igual que un gato arisco, nunca venía. Le parecía mentira que toda la rebeldía que a ella le faltaba se la hubiera quedado aquel reflejo desdibujado.

Un mes después, cuando su imagen y su reflejo se esfumaron por completo, el jefe de Sabrina le ordenó que no fuera a trabajar. Aparentemente, a los clientes los ponía nerviosos andar haciendo tratos con fantasmas. Sabrina pasó toda la mañana mirando al techo sin saber qué hacer, hasta que recordó que siempre le había gustado dibujar. Quizás por eso había guardado sus lápices y cuadernos, aunque llevaba más de diez años sin tocarlos. Los recuperó de las profundidades del armario con desesperación. Sentía una necesidad apremiante de salirse de sí misma para derramarse en el papel.

Pasó todo el día dibujando frenéticamente, impulsada por el éxtasis del agotamiento, hasta que este último ganó la batalla y Sabrina cayó tendida en el sillón, rodeada por un derroche de trazos sueltos. En el sopor del ensueño, entreabrió los ojos para ver lo que había dibujado y se dio cuenta de que, al fin, había encontrado su reflejo.

 

Fotografía: Noelia González
Texto: Giorgina Cerutti

Texto presentado en el concurso literario «De la traducción a la creación» organizado por la Asociación de Funcionarios Internacionales Españoles: http://afie.es/wp-content/uploads/2017/03/Libreto-2017-con-portada.pdf

Imagen de un corazón atravesado por símbolos relacionados con la educación
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Somos

Somos,

lo que deberíamos haber sido,

entonados en recuerdos,

llevados en conceptos.

Sentirnos,

en nuestras vidas,

vivir, solo aparentar,

pero cada uno en su sal.

 

Vivir,

en los edificios,

hasta que ardan,

hasta las cenizas nefastas.

 

Belén Piccoli: http://belenpiccoli.blogspot.ch/2018/02/

 

Madre con hijo
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Cuestiones de género: Maternidad

La maternidad es una etapa de la vida hermosa y disfrutable. La naturaleza da a las mujeres una herramienta biológica que permite crecer una vida dentro de nuestro cuerpo; para aquellas que deciden utilizar dicha habilidad biológica, este aspecto nos marca para el resto de la vida, en aspectos positivos, claro, pero nos asigna muchas responsabilidades, la enorme lista de estas no la voy a detallar porque sería una obviedad. Sí quiero hablar sobre una de las responsabilidades que creo debemos trabajar todas desde nuestro lugar y es respecto al vínculo con el padre y el rol del mismo.

El nacimiento de un hijo implica que, durante al menos 3 meses, la madre es el vínculo primero de ese nuevo humano por cuestiones biológicas, lo que conlleva a la generación de un vínculo instintivamente fuerte y único. He percibido la dificultad de que el padre del recién nacido se desenvuelva de igual manera que la madre ante el cien por ciento de las circunstancias del día a día. Muchas veces la madre, acostumbrada al manejo del recién nacido y el conocimiento de lo que le pasa, anula las habilidades del padre para poder descubrirlo de igual manera que ella lo hizo. Hay un fuerte peso social en este aspecto, por lo que creo que es una tarea de todas el permitir que el padre, que comparte igual proporción del acervo genético del bebé, se desempeñe de igual o mejor manera en todo lo que implican los cuidados.

Es probable que, ante una tarea difícil o desafiante, todo ser humano permita que quien tiene más facilidad se ocupe de ella. Al mismo tiempo, este último también puede preferir realizarla directamente en vez de “perder tiempo” explicándole al otro cómo hacerla. Es difícil soltar y dejar actuar, pero es un ejercicio que debemos tener presente principalmente en lo que implica compartir las responsabilidades que un hijo pequeño conlleva.

Parte de los esquemas sociales relacionados al género implican las tareas relacionadas a la maternidad y estoy de acuerdo con que no se puede negar que la naturaleza dio herramientas distintas a ambos sexos, pero desde el inicio hay que ser conscientes de que se siguen transmitiendo mensajes a los niños sobre las capacidades reducidas que tienen los hombres para esta tarea y, por lo tanto, la llevan a cabo las mujeres.

He evidenciado en mi núcleo familiar que mi pareja se desempeña igual o mejor en muchos aspectos del cuidado de nuestro hijo que yo. Esto me enorgullece no solo por confiar en él como compañero, sino por haberle dado su lugar para que se desarrollara feliz y con amor en ese rol.

Esto se ve reflejado en las pequeñas actividades diarias que realizan niños y niñas, como ir al baño, comer, leer un cuento antes de dormir, etc. Si bien, según lo que he visto, la gran mayoría prefieren hacerlas con ayuda únicamente de la madre, es deseable que se sientan felices haciéndolas con cualquiera de los dos, mamá o papá.

Muchas madres dicen: “lo hago porque quiero y me hace feliz”. Lo comparto y me pasa lo mismo, pero creo que hay que trabajar hombres y mujeres para que los padres puedan compartir ese aspecto y sentirse seguros de que lo puede hacer y hacerlo bien.

Autora: Andrea Cabrera

 

 

Atardecer con gotas de lluvia
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Su acento

Mi acento lo escucho y me paro en seco. Mi acento es igual al suyo. Fue imposible no reconocerlo, ni reconocerme, en aquella voz que salía del ascensor, mientras yo subía las escaleras hacia mi departamento. Me quedé inmóvil unos segundos escuchando furtivamente aquella conversación ajena hasta que su voz se fue apagando con sus pasos, dejando atrás una estela de nostalgia. Llueve en Londres. Entré a casa y me senté junto a la ventana para ver caer una fina llovizna que molesta más de lo que moja. Pocas cosas me exasperan más que esta lluvia que cae como pidiendo permiso. En mi país, a un océano de distancia, la lluvia se desploma con violencia y pasión, como si con ella se cayera también el mundo. Con esta lluvia londinense no se cae nadie, ni el más torpe de los transeúntes, que la ignora por completo y ni siquiera se digna a usar paraguas.

Oí ruidos de arriba y recordé que el vecino del segundo piso se mudaba. Quizás el dueño de mi acento sea el nuevo inquilino. Ojalá. Permanecí otro rato en silencio intentando discernir algún fragmento de esa conversación entrecortada cuando volví a sentir su voz. Me reconfortó verificar que sí era mi acento, aunque la confirmación no era realmente necesaria, porque yo a mi acento lo huelo incluso antes de que se haga palabra. Lo siento nacer en la garganta del hablante, recorrer su paladar y subir por su lengua para acabar en una boca que se entreabre en el preciso instante en el que el acento toca el aire y se vuelve sonido.

Ya pasaron varias semanas desde la mudanza, pero siempre que lo oigo se me pone la piel de gallina. Algún día me animaré a hablarle. Él me va a entender. ¿Cómo no me va a entender si hablamos el mismo idioma y, además, con el mismo acento? Es probable que también esté aquí por trabajo, como yo y tantos otros que preferimos la añoranza a la penuria. Si estuviera en un país, mi país, donde la gente habla por hablar, sin necesidad de excusas ni protocolos, me le habría acercado el primer día tan solo para escuchar un «hola» dicho con nuestro acento. Pero estoy demasiado acostumbrada a vivir en el extranjero y ese tipo de comportamiento ya no me es natural. Las pocas veces que me lo he cruzado en el vestíbulo e he intentado hablarle, el saludo se me esfumó de los labios y se quedó colgando en el aire.

No importa, porque, aunque no le he hablado nunca, lo conozco. Sé exactamente a qué hora se levanta, qué tipo de música le gusta y cuánto tarda en la ducha cada mañana. Incluso sé, con una precisión un tanto indiscreta quizás, cuánto duran sus orgasmos y los de su novia. Los de ella son más numerosos y largos, pero estoy segura de que muchas veces los finge, sobre todo entre semana. Tampoco es que lo esté acosando, para nada. Esto forma parte de la intimidad distante que suelen entablar los desconocidos fortuitos, como los vecinos o quienes se encuentran en el cubículo contiguo de un paño público, porque no hay nada que una más a dos personas como compartir sus sonidos íntimos.

En estos últimos días, él y yo nos hemos acercado aún más. Siempre que su acento sale de su boca a pasear, viene hacia mí y me toma de la mano para colmar, juntos, el abismo que nos separa de nuestro hogar. Anoche, mientras dormía, sentí su acento bajar por la escalera, meterse entre mis sábanas y colarse entre mis sueños. Pasó varias horas dándome besos detrás de las orejas, hasta que decidimos volar juntos hacia nuestro país, que durmiendo es todavía más lindo que en la realidad.

Esta mañana me levanté sobresaltada, con nostalgia en los labios. Es difícil amanecer en un lugar distinto al de los sueños, y encima con esta llovizna insulsa de fondo. Miré hacia el otro lado de la cama y él tampoco estaba allí. Se había esfumado junto con mi país. O no. Su acento no está del otro lado del océano, a miles de kilómetros de distancia, sino tan solo a unos metros. Respiro hondo, me lleno de coraje y subo las escaleras. Sé que él aún está en la ducha, pero no tardará en salir. Agudizo el oído y logro sentir la espuma bajando por su piel. Ahora oigo que corta el agua y abre la puerta del baño. Toco timbre una, dos, tres veces. «¡Coming!», grita su voz desde el fondo del apartamento. Abre la puerta mientras termina de abotonarse la camisa. «Hola, ¿cómo estás?», le pregunto. Me mira con los ojos desorbitados, como si no me conociera y estuviera preguntándose quién soy y qué hago aquí. «Vine para invitarte a charlar un rato», le explico. Me mira aún más desconcertado que antes, se encoge de hombros y, en tono de disculpa, me dice: «Sorry, but I don’t understand what you’re saying… Yo no hablar español».

Autora: Giorgina Cerutti
Texto publicado en la revista “Sapos y Culebras”: https://www.facebook.com/revistasaposyculebras/