Madre con hijo
Escribimos

Cuestiones de género: Maternidad

La maternidad es una etapa de la vida hermosa y disfrutable. La naturaleza da a las mujeres una herramienta biológica que permite crecer una vida dentro de nuestro cuerpo; para aquellas que deciden utilizar dicha habilidad biológica, este aspecto nos marca para el resto de la vida, en aspectos positivos, claro, pero nos asigna muchas responsabilidades, la enorme lista de estas no la voy a detallar porque sería una obviedad. Sí quiero hablar sobre una de las responsabilidades que creo debemos trabajar todas desde nuestro lugar y es respecto al vínculo con el padre y el rol del mismo.

El nacimiento de un hijo implica que, durante al menos 3 meses, la madre es el vínculo primero de ese nuevo humano por cuestiones biológicas, lo que conlleva a la generación de un vínculo instintivamente fuerte y único. He percibido la dificultad de que el padre del recién nacido se desenvuelva de igual manera que la madre ante el cien por ciento de las circunstancias del día a día. Muchas veces la madre, acostumbrada al manejo del recién nacido y el conocimiento de lo que le pasa, anula las habilidades del padre para poder descubrirlo de igual manera que ella lo hizo. Hay un fuerte peso social en este aspecto, por lo que creo que es una tarea de todas el permitir que el padre, que comparte igual proporción del acervo genético del bebé, se desempeñe de igual o mejor manera en todo lo que implican los cuidados.

Es probable que, ante una tarea difícil o desafiante, todo ser humano permita que quien tiene más facilidad se ocupe de ella. Al mismo tiempo, este último también puede preferir realizarla directamente en vez de “perder tiempo” explicándole al otro cómo hacerla. Es difícil soltar y dejar actuar, pero es un ejercicio que debemos tener presente principalmente en lo que implica compartir las responsabilidades que un hijo pequeño conlleva.

Parte de los esquemas sociales relacionados al género implican las tareas relacionadas a la maternidad y estoy de acuerdo con que no se puede negar que la naturaleza dio herramientas distintas a ambos sexos, pero desde el inicio hay que ser conscientes de que se siguen transmitiendo mensajes a los niños sobre las capacidades reducidas que tienen los hombres para esta tarea y, por lo tanto, la llevan a cabo las mujeres.

He evidenciado en mi núcleo familiar que mi pareja se desempeña igual o mejor en muchos aspectos del cuidado de nuestro hijo que yo. Esto me enorgullece no solo por confiar en él como compañero, sino por haberle dado su lugar para que se desarrollara feliz y con amor en ese rol.

Esto se ve reflejado en las pequeñas actividades diarias que realizan niños y niñas, como ir al baño, comer, leer un cuento antes de dormir, etc. Si bien, según lo que he visto, la gran mayoría prefieren hacerlas con ayuda únicamente de la madre, es deseable que se sientan felices haciéndolas con cualquiera de los dos, mamá o papá.

Muchas madres dicen: “lo hago porque quiero y me hace feliz”. Lo comparto y me pasa lo mismo, pero creo que hay que trabajar hombres y mujeres para que los padres puedan compartir ese aspecto y sentirse seguros de que lo puede hacer y hacerlo bien.

Autora: Andrea Cabrera

 

 

Pila de libros
Leemos

Sobre la gramática

“Yo en cambio creo que la gramática es una vía de acceso a la belleza. Cuando hablas, lees o escribes, sabes muy bien si has hecho una frase bonita, o si estás leyendo una. Eres capaz de reconocer una expresión elegante o un buen estilo. Pero cuando se estudia gramática, se accede a otra dimensión de la belleza de la lengua. Hacer gramática es observar las entrañas de la lengua, ver cómo está hecha por dentro, verla desnuda, por así decirlo. Y eso es lo maravilloso, porque te dices: «Pero ¡qué bonita es por dentro, qué bien formada!», «¡Qué sólida, qué ingeniosa, qué rica, qué sutil!». Para mí, sólo saber que hay varias naturalezas de palabras y que hay que conocerlas para poder utilizarlas y para estar al tanto de sus posibles compatibilidades, hace que me sienta como en éxtasis. Me parece, por ejemplo, que no hay nada más bello que la idea básica de la lengua, a saber: que hay nombres y verbos. Sabiendo esto, es como si ya te hubieran enunciado la esencia de todo. Es maravilloso, ¿no? Hay nombres, verbos…

Para acceder a toda esta belleza de la lengua que la gramática desvela, ¿quizá también haya que ponerse en un estado de consciencia especial? A mí me da la sensación de que puedo hacerlo sin esfuerzo. Creo que fue cuando tenía dos años, al oír hablar a los adultos, cuando comprendí, esa vez y ya para siempre, cómo está hecha la lengua. Las lecciones de gramática para mí siempre han sido meras síntesis a posteriori o, como mucho, precisiones terminológicas. ¿Se puede enseñar a los niños a hablar bien ya escribir bien estudiando gramática si no han tenido esta iluminación que tuve yo? Misterio. Mientras tanto, todas las señoras Magra de la Tierra harían mejor en preguntarse qué música tienen que poner a los alumnos para que puedan entrar en trance gramatical”.

Fragmento de La elegancia del erizo de Muriel Barbery (1969- ), 2006
Traducción del francés por Isabel González-Gallarza.
Original en francés:

 

“Moi, je crois que la grammaire, c’est une voie d’accès à la beauté. Quand on parle, quand on lit ou quand on écrit, on sent bien si on a fait une belle phrase ou si on est en train d’en lire une. On est capable de reconnaître une belle tournure ou un beau style. Mais quand on fait de la grammaire, on a accès à une autre dimension de la beauté de la langue. Faire de la grammaire, c’est la décortiquer, regarder comment elle est faite, la voir toute nue, en quelque sorte. Et c’est là que c’est merveilleux : parce qu’on se dit : « Comme c’est bien fait, qu’est-ce que c’est bien fichu ! », « Comme c’est solide, ingénieux, riche, subtil ! ». Moi, rien que savoir qu’il y a plusieurs natures de mots et qu’on doit les connaître pour en conclure à leurs usages et à leurs compatibilités possibles, ça me transporte. Je trouve qu’il n’y a rien de plus beau, par exemple, que l’idée de base de la langue, qu’il y a des noms et des verbes. Quand vous avez ça, vous avez déjà le cœur de tout énoncé. C’est magnifique, non ? Des noms, des verbes…

Peut-être, pour accéder à toute cette beauté de la langue que la grammaire dévoile, faut-il aussi se mettre dans un état de conscience spécial ? Moi, j’ai l’impression de le faire sans effort. Je crois que c’est à deux ans, en entendant parler les adultes, que j’ai compris, en une seule fois, comment la langue était faite. Les leçons de grammaire ont toujours été pour moi des synthèses a posteriori et, peut-être, des précisions terminologiques. Est-ce qu’on peut apprendre à bien parler et bien écrire à des enfants en faisant de la grammaire s’ils n’ont pas eu cette illumination que j’ai eue ? Mystère. En attendant, toutes les Mme Maigre de la terre devraient plutôt se demander quel morceau de musique il faut qu’elles passent à leurs élèves pour qu’ils puissent se mettre en transe grammaticale”.

Leemos

Los relojes

Me avergüenza confesar que hasta hace muy poco no he comprendido el reloj. No me refiero a su engranaje interior -ni la radio, ni el teléfono, ni los discos de gramófono los comprendo aún: para mí son magia pura por más que me los expliquen innumerables veces-, sino a la cifra resultante de la posición de sus agujas. Éstas han sido para mí uno de los mayores y más fascinantes misterios, y aún me atrevo a decir que lo son en muchas ocasiones. Si me preguntan de improviso qué hora es y debo mirar un reloj rápidamente, creo que en muy contadas ocasiones responderé con acierto. Sin embargo, si algo deseo de verdad, es tener un reloj. Nunca en mi vida lo he tenido. De niña, nunca lo pedí, porque siempre lo consideré algo fuera de mi alcance, más allá de mi comprensión y de mi ciencia. Me gustaban, eso sí. Recuerdo un reloj alto, de carillón, que daba las horas lentamente, precedidas de una tonada popular:

Ya se van los pastores a la Extremadura.

 Ya se queda la sierra triste y oscura…

También me gustaba un reloj de sol, pintado en la fachada de una iglesia, en el campo. Este reloj me parecía algo tan cabalístico y extraño que, a veces, tumbada bajo los chopos, junto al río, pasaba horas mirando cómo la sombra de la barrita de hierro indicaba el paso del tiempo. Esto me angustiaba y me hundía, a la vez, en una infinita pereza. Cómo me inquieta y me atrae el tictac sonando en la oscuridad y el silencio, si me despierto a medianoche. Es algo misterioso y enervante. Durante la enfermedad, si es larga y debemos permanecer acostados, la compañía del reloj es una de las cosas imprescindibles y a un tiempo aborrecidas. Me gustan los relojes, me fascinan, pero creo que los odio. A veces, la sombra de los muebles contra la pared se convierte en un reloj enorme, que nos indica el paso inevitable. Y acaso, nosotros mismos, ¿no somos un gran reloj implacable, venciendo nuestro tiempo cantado?

Deseo tener un reloj. Muchas veces he pensado que me es necesario. No sé si llegaré a comprármelo algún día. ¿Lo necesito de verdad? ¿Lo entenderé acaso?

 

Ana María Matute (1925 –2014)

Fuente: http://ciudadseva.com/texto/los-relojes/

Tatuaje de golondrina en el cuello
Leemos

Tatuajes

“Todos los tatuajes de esta colección especial se dirigían a una sola persona: el ex amante. Los abandonados y los despechados, los heridos y los airados llevaban una fotografía del ex amante al que no podían dejar de amar pero que querían borrar de sus vidas para siempre. La tía Zeliha estudiaba la fotografía y se devanaba los sesos hasta encontrar el animal al que esa persona se parecía. El resto era relativamente fácil. Dibujaba el animal y luego lo tatuaba en el cuerpo del desolado cliente. El proceso se adscribía a la antigua práctica chamánica de interiorizar y a la vez exteriorizar los propios tótems. Para fortalecerse a uno mismo había que aceptar al antagonista, darle la bienvenida y luego transformarlo. El ex amante quedaba interiorizado, inyectado en el cuerpo, y a la vez exteriorizado en la superficie de la piel. Con el ex amante situado en ese umbral entre interior y exterior, y hábilmente transformado en animal, la relación de poder del que abandona y el abandonado cambiaba. Ahora el amante tatuado se sentía superior, como si poseyera la llave del alma de su ex. En cuanto se alcanzaba esta etapa y el ex amante perdía su atractivo, los que sufrían de mal de amores podían por fin librarse de su obsesión, porque el amor ama el poder. Por eso podemos enamorarnos de los demás con un amor  suicida, pero rara vez podemos sentir amor por aquellos que se enamoran de manera suicida de nosotros”.

Fragmento de La bastarda de Estambul de Elif Shafak (1971- ), 2006

Traducción de Sonia Tapia.

Original en inglés:

“Every tattoo in this special collection was designed to address one person only: the ex-love. The dumped and the despondent, the hurt and the irate brought a picture of the ex-love they wanted to banish from their lives forever but somehow could not stop loving. Auntie Zeliha then studied the picture and ransacked her brain until she found which particular animal that person resembled. The rest was relatively easy. She would draw that animal and then tattoo the design on the desolate customer’s body. The whole practice adhered to the ancient shamanistic practice of simultaneously internalizing and externalizing one’s totems. To strengthen vis-à-vis your antagonist you had to accept, welcome, and then transform it. The ex-love was interiorized—injected into the body, and yet at the same time exteriorized—left outside the skin. Once the ex-lover was located in this threshold between inside and outside, and deftly transformed into an animal, the power structure between the dumped and the dumper changed. Now the tattooed lover felt superior, as if the key to the ex-love’s soul was in his or her hands. As soon as this stage was reached and the ex-love lost his or her appeal, those suffering from abiding heartache could finally let go of their obsession, for love loves power. That is why we can suicidally fall in love with others but can rarely reciprocate the love of those suicidally in love with us.”

Atardecer con gotas de lluvia
Escribimos

Su acento

Mi acento lo escucho y me paro en seco. Mi acento es igual al suyo. Fue imposible no reconocerlo, ni reconocerme, en aquella voz que salía del ascensor, mientras yo subía las escaleras hacia mi departamento. Me quedé inmóvil unos segundos escuchando furtivamente aquella conversación ajena hasta que su voz se fue apagando con sus pasos, dejando atrás una estela de nostalgia. Llueve en Londres. Entré a casa y me senté junto a la ventana para ver caer una fina llovizna que molesta más de lo que moja. Pocas cosas me exasperan más que esta lluvia que cae como pidiendo permiso. En mi país, a un océano de distancia, la lluvia se desploma con violencia y pasión, como si con ella se cayera también el mundo. Con esta lluvia londinense no se cae nadie, ni el más torpe de los transeúntes, que la ignora por completo y ni siquiera se digna a usar paraguas.

Oí ruidos de arriba y recordé que el vecino del segundo piso se mudaba. Quizás el dueño de mi acento sea el nuevo inquilino. Ojalá. Permanecí otro rato en silencio intentando discernir algún fragmento de esa conversación entrecortada cuando volví a sentir su voz. Me reconfortó verificar que sí era mi acento, aunque la confirmación no era realmente necesaria, porque yo a mi acento lo huelo incluso antes de que se haga palabra. Lo siento nacer en la garganta del hablante, recorrer su paladar y subir por su lengua para acabar en una boca que se entreabre en el preciso instante en el que el acento toca el aire y se vuelve sonido.

Ya pasaron varias semanas desde la mudanza, pero siempre que lo oigo se me pone la piel de gallina. Algún día me animaré a hablarle. Él me va a entender. ¿Cómo no me va a entender si hablamos el mismo idioma y, además, con el mismo acento? Es probable que también esté aquí por trabajo, como yo y tantos otros que preferimos la añoranza a la penuria. Si estuviera en un país, mi país, donde la gente habla por hablar, sin necesidad de excusas ni protocolos, me le habría acercado el primer día tan solo para escuchar un «hola» dicho con nuestro acento. Pero estoy demasiado acostumbrada a vivir en el extranjero y ese tipo de comportamiento ya no me es natural. Las pocas veces que me lo he cruzado en el vestíbulo e he intentado hablarle, el saludo se me esfumó de los labios y se quedó colgando en el aire.

No importa, porque, aunque no le he hablado nunca, lo conozco. Sé exactamente a qué hora se levanta, qué tipo de música le gusta y cuánto tarda en la ducha cada mañana. Incluso sé, con una precisión un tanto indiscreta quizás, cuánto duran sus orgasmos y los de su novia. Los de ella son más numerosos y largos, pero estoy segura de que muchas veces los finge, sobre todo entre semana. Tampoco es que lo esté acosando, para nada. Esto forma parte de la intimidad distante que suelen entablar los desconocidos fortuitos, como los vecinos o quienes se encuentran en el cubículo contiguo de un paño público, porque no hay nada que una más a dos personas como compartir sus sonidos íntimos.

En estos últimos días, él y yo nos hemos acercado aún más. Siempre que su acento sale de su boca a pasear, viene hacia mí y me toma de la mano para colmar, juntos, el abismo que nos separa de nuestro hogar. Anoche, mientras dormía, sentí su acento bajar por la escalera, meterse entre mis sábanas y colarse entre mis sueños. Pasó varias horas dándome besos detrás de las orejas, hasta que decidimos volar juntos hacia nuestro país, que durmiendo es todavía más lindo que en la realidad.

Esta mañana me levanté sobresaltada, con nostalgia en los labios. Es difícil amanecer en un lugar distinto al de los sueños, y encima con esta llovizna insulsa de fondo. Miré hacia el otro lado de la cama y él tampoco estaba allí. Se había esfumado junto con mi país. O no. Su acento no está del otro lado del océano, a miles de kilómetros de distancia, sino tan solo a unos metros. Respiro hondo, me lleno de coraje y subo las escaleras. Sé que él aún está en la ducha, pero no tardará en salir. Agudizo el oído y logro sentir la espuma bajando por su piel. Ahora oigo que corta el agua y abre la puerta del baño. Toco timbre una, dos, tres veces. «¡Coming!», grita su voz desde el fondo del apartamento. Abre la puerta mientras termina de abotonarse la camisa. «Hola, ¿cómo estás?», le pregunto. Me mira con los ojos desorbitados, como si no me conociera y estuviera preguntándose quién soy y qué hago aquí. «Vine para invitarte a charlar un rato», le explico. Me mira aún más desconcertado que antes, se encoge de hombros y, en tono de disculpa, me dice: «Sorry, but I don’t understand what you’re saying… Yo no hablar español».

Autora: Giorgina Cerutti
Texto publicado en la revista “Sapos y Culebras”: https://www.facebook.com/revistasaposyculebras/

Libro con mariposas que salen de sus páginas
Leemos

Sobre los adjetivos

“El teatro no era demasiado grande ni demasiado pequeño. Perfecto, diría Rossi cuando más tarde intentara buscar el mejor adjetivo. Pero bien sabía que no había necesidad de adjetivos si uno tenía el sustantivo correcto; que incluso el adjetivo podía devaluar ese sustantivo cuando era innecesario. Que la múltiple adjetivación era, en casi todos los casos, puro exceso en el que cada palabra cedía a favor de las otras un poco de su valor y, al final, todas acababan perdiendo. Rossi detestaba los adjetivos y los cazaba con gusto cada vez que corregía sus textos”.

Fragmento de Cartagena de Claudia Amengual (1969- ), 2014