Atardecer con gotas de lluvia
Escribimos

Su acento

Mi acento lo escucho y me paro en seco. Mi acento es igual al suyo. Fue imposible no reconocerlo, ni reconocerme, en aquella voz que salía del ascensor, mientras yo subía las escaleras hacia mi departamento. Me quedé inmóvil unos segundos escuchando furtivamente aquella conversación ajena hasta que su voz se fue apagando con sus pasos, dejando atrás una estela de nostalgia. Llueve en Londres. Entré a casa y me senté junto a la ventana para ver caer una fina llovizna que molesta más de lo que moja. Pocas cosas me exasperan más que esta lluvia que cae como pidiendo permiso. En mi país, a un océano de distancia, la lluvia se desploma con violencia y pasión, como si con ella se cayera también el mundo. Con esta lluvia londinense no se cae nadie, ni el más torpe de los transeúntes, que la ignora por completo y ni siquiera se digna a usar paraguas.

Oí ruidos de arriba y recordé que el vecino del segundo piso se mudaba. Quizás el dueño de mi acento sea el nuevo inquilino. Ojalá. Permanecí otro rato en silencio intentando discernir algún fragmento de esa conversación entrecortada cuando volví a sentir su voz. Me reconfortó verificar que sí era mi acento, aunque la confirmación no era realmente necesaria, porque yo a mi acento lo huelo incluso antes de que se haga palabra. Lo siento nacer en la garganta del hablante, recorrer su paladar y subir por su lengua para acabar en una boca que se entreabre en el preciso instante en el que el acento toca el aire y se vuelve sonido.

Ya pasaron varias semanas desde la mudanza, pero siempre que lo oigo se me pone la piel de gallina. Algún día me animaré a hablarle. Él me va a entender. ¿Cómo no me va a entender si hablamos el mismo idioma y, además, con el mismo acento? Es probable que también esté aquí por trabajo, como yo y tantos otros que preferimos la añoranza a la penuria. Si estuviera en un país, mi país, donde la gente habla por hablar, sin necesidad de excusas ni protocolos, me le habría acercado el primer día tan solo para escuchar un «hola» dicho con nuestro acento. Pero estoy demasiado acostumbrada a vivir en el extranjero y ese tipo de comportamiento ya no me es natural. Las pocas veces que me lo he cruzado en el vestíbulo e he intentado hablarle, el saludo se me esfumó de los labios y se quedó colgando en el aire.

No importa, porque, aunque no le he hablado nunca, lo conozco. Sé exactamente a qué hora se levanta, qué tipo de música le gusta y cuánto tarda en la ducha cada mañana. Incluso sé, con una precisión un tanto indiscreta quizás, cuánto duran sus orgasmos y los de su novia. Los de ella son más numerosos y largos, pero estoy segura de que muchas veces los finge, sobre todo entre semana. Tampoco es que lo esté acosando, para nada. Esto forma parte de la intimidad distante que suelen entablar los desconocidos fortuitos, como los vecinos o quienes se encuentran en el cubículo contiguo de un paño público, porque no hay nada que una más a dos personas como compartir sus sonidos íntimos.

En estos últimos días, él y yo nos hemos acercado aún más. Siempre que su acento sale de su boca a pasear, viene hacia mí y me toma de la mano para colmar, juntos, el abismo que nos separa de nuestro hogar. Anoche, mientras dormía, sentí su acento bajar por la escalera, meterse entre mis sábanas y colarse entre mis sueños. Pasó varias horas dándome besos detrás de las orejas, hasta que decidimos volar juntos hacia nuestro país, que durmiendo es todavía más lindo que en la realidad.

Esta mañana me levanté sobresaltada, con nostalgia en los labios. Es difícil amanecer en un lugar distinto al de los sueños, y encima con esta llovizna insulsa de fondo. Miré hacia el otro lado de la cama y él tampoco estaba allí. Se había esfumado junto con mi país. O no. Su acento no está del otro lado del océano, a miles de kilómetros de distancia, sino tan solo a unos metros. Respiro hondo, me lleno de coraje y subo las escaleras. Sé que él aún está en la ducha, pero no tardará en salir. Agudizo el oído y logro sentir la espuma bajando por su piel. Ahora oigo que corta el agua y abre la puerta del baño. Toco timbre una, dos, tres veces. «¡Coming!», grita su voz desde el fondo del apartamento. Abre la puerta mientras termina de abotonarse la camisa. «Hola, ¿cómo estás?», le pregunto. Me mira con los ojos desorbitados, como si no me conociera y estuviera preguntándose quién soy y qué hago aquí. «Vine para invitarte a charlar un rato», le explico. Me mira aún más desconcertado que antes, se encoge de hombros y, en tono de disculpa, me dice: «Sorry, but I don’t understand what you’re saying… Yo no hablar español».

Autora: Giorgina Cerutti
Texto publicado en la revista “Sapos y Culebras”: https://www.facebook.com/revistasaposyculebras/