Mujer andando en bicicleta fuera de foco
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Fuera de foco

Al principio, pensó que se estaba quedando ciega. Después, decidió ser menos dramática, y atribuyó sus problemas de visión a la, miopía, presbicia, astigmatismo o, simplemente, al paso de los años. Estaba segura de que le había llegado el tan temido momento de empezar a usar gafas.

—Tiene la vista perfecta —dijo el oculista, un mulato alto de voz grave.

—¿Sí?

—Sí, pero… ahora que me fijo… ¡Qué raro! A ver, acérquese un poco… No, no. Yo a usted no la veo bien.

—¿No?

—No, para nada.

—¿Y cómo me ve, doctor? ¿Cansada, enferma, pálida, ojerosa, flaca, desnutrida?

—No, nada de eso. Y mucho menos flaca o desnutrida. Pero, de verdad, no la veo bien.

—Sí, sí, eso me quedó clarísimo. ¿Pero qué cree que tenga?

—No sé. No la veo bien.

—Sí. Eso ya me lo dijo, pero…

—¡Que no la veo bien! Que no la veo ni cansada, ni enferma, ni pálida, porque ni siquiera logro verla bien. La veo… fuera de foco.

—¿Fuera de foco?

—Sí, sí, es eso. Usted está fuera de foco.

—¿No será que veo fuera de foco porque… tendré miopía…? ¿No me querrá hacer otra prueba?

—No. No me quedan dudas. El que está fuera de foco no es el mundo, es usted.

—Doctor, por favor… ¿Me va a decir que ese es su diagnóstico?

—Y… parecería que sí.

 

Sabrina salió del consultorio hecha una furia. Como temía, la medicina había perdido la decencia para sucumbir a la absurdidad absoluta. Con lo que le había costado hacer un hueco en su apretada agenda para esa consulta, le vienen a decir que está «fuera de foco». Llamó a su secretaria de inmediato para que le consiguiera cita con un médico generalista. Con el teléfono aún en la mano, detuvo el primer taxi que pasó, le dio la dirección de su trabajo y le ordenó que se diera prisa. Detestaba su trabajo, pero si había algo que odiaba aún más era llegar tarde. La esperaba un día plagado de reuniones interminables con gente que no soportaba, para rematar con una clase de pilates. En realidad, tampoco le gustaba el pilates, pero Sabrina se vanagloriaba por ser de las personas que acaban todo lo que empiezan, y no abandonaría ahora que al fin había logrado mantener el equilibro sobre la maldita pelota.

Cuando al fin llegó a casa, su marido, Martín, miraba la televisión. Mientras cenaban, le contó como anécdota, incluso como chismorreo, la ridiculez que le había dicho el oculista.

—No sabía que hoy tenías cita con el oculista. ¿No estás viendo bien?

—Te acabo de explicar que el que no me ve bien a mí es el mundo. Es como si se hubiera vuelto miope y me estuviera mirando sin gafas.

—¿Lo qué?

—No sé. Mírame bien. Parece que estoy fuera de foco.

—A ver…

Martín se puso las gafas y observó a su esposa con detenimiento. Comprobó que los rasgos de Sabrina, en vez de haberse acentuado con los años, se habían desdibujado; y las arrugas que alguna vez tuvo se habían borrado. Su rostro estaba más liso que nunca.

—¿Sabes que es cierto que estás como poco nítida? ¿No será que todas las cremas que te pones antes de ir a dormir te están borrando la cara?

Sabrina ni siquiera se molestó en convalidar esa pregunta con una respuesta y se encerró en el baño. Mientras abría el primer pote de crema antiarrugas, se preguntó cuántos años llevaría su marido viéndola sin mirarla. Empezó a aplicar el contorno de ojos y, de repente, cayó en la cuenta de que ella misma llevaba mucho tiempo sin realmente observarse con atención. Se acercó al espejo despacio y, por primera vez en años, se miró a sí misma a los ojos. Estaban tan desdibujados que apenas distinguía el negro de sus pupilas del marrón oscuro del iris.

Durante las siguientes semanas, Sabrina consultó a otro oculista, a un generalista, a una psicóloga, a una astróloga, a una tarotista e incluso a un párroco, y ninguno pudo encontrar las causas profundas de semejante desajuste. No obstante, lo que a Sabrina más le preocupaba no era el origen biológico, psicológico o esotérico de su condición, sino sus consecuencias prácticas: cada mañana tardaba más en alistarse para ir al trabajo. Su reflejo se escabullía en el espejo y adivinarlo entre los azulejos del baño le robaba preciosos minutos. A veces, intentaba llamarlo con sobrenombres cariñosos, pero este, al igual que un gato arisco, nunca venía. Le parecía mentira que toda la rebeldía que a ella le faltaba se la hubiera quedado aquel reflejo desdibujado.

Un mes después, cuando su imagen y su reflejo se esfumaron por completo, el jefe de Sabrina le ordenó que no fuera a trabajar. Aparentemente, a los clientes los ponía nerviosos andar haciendo tratos con fantasmas. Sabrina pasó toda la mañana mirando al techo sin saber qué hacer, hasta que recordó que siempre le había gustado dibujar. Quizás por eso había guardado sus lápices y cuadernos, aunque llevaba más de diez años sin tocarlos. Los recuperó de las profundidades del armario con desesperación. Sentía una necesidad apremiante de salirse de sí misma para derramarse en el papel.

Pasó todo el día dibujando frenéticamente, impulsada por el éxtasis del agotamiento, hasta que este último ganó la batalla y Sabrina cayó tendida en el sillón, rodeada por un derroche de trazos sueltos. En el sopor del ensueño, entreabrió los ojos para ver lo que había dibujado y se dio cuenta de que, al fin, había encontrado su reflejo.

 

Fotografía: Noelia González
Texto: Giorgina Cerutti

Texto presentado en el concurso literario «De la traducción a la creación» organizado por la Asociación de Funcionarios Internacionales Españoles: http://afie.es/wp-content/uploads/2017/03/Libreto-2017-con-portada.pdf